Ser Directora de escuela en tiempos de pandemia: algunas instantáneas desde el fragor de la lucha por continuar educando

Creo no equivocarme si comienzo reconociendo que la educación es la pasión más intensa que ha atravesado mi vida, aún a costa de otros afectos que siempre me reclaman. Hace veintitrés años que ejerzo como profesora, y hace ocho que trabajo en la gestión escolar como miembro de equipo directivo, primero como vicedirectora y luego como directora. Estoy experimentado como trabajadora de la educación el mayor cimbronazo en toda mi historia laboral. Sabrán disculpar este comienzo en primera persona del singular, puesto que si bien la pandemia nos está golpeando a todos, quiero contarles un poco “desde adentro” como se vivió y se vive este complejísimo momento para la dirección de una escuela, en particular, para la dirección del IES.
El comienzo del ciclo lectivo fue absolutamente estandarizado, realizamos nuestras reuniones de personal, planificamos el año, discutimos proyectos, coordiné junto a la vicedirectora las jornadas de autoevaluación institucional, nos capacitamos invitando a repensarnos como educadores, debatiendo los lugares de lo afectivo y los sentimientos en educación. Pusimos a andar esta maquinaria compleja que es el IES, pues en cierta forma la escuela es como esos parques de diversiones que se abren estacionariamente y que cada vez que vuelven a ser puestos al servicio del público requieren revisión de los viejos engranajes, reemplazo de piezas, reajuste de mecanismos y hacer espacio para las modificaciones que lo nuevo demanda. No habíamos ni siquiera terminado de poner en marcha este gigantesco monstruo que es el IES, cuando de golpe sentimos el sacudón: se suspendían las clases por un periodo que comenzó siendo breve y muy rápidamente se profundizó en aislamiento social y prolongación de los tiempos. La indicación de la superioridad no se hizo esperar: las clases debían continuar, y en formato virtual.

Hagamos un poquito de historia. El dispositivo escolar tal como lo conocemos hoy en día registra pocas variaciones con aquel origen en la Edad Moderna, asociado a pretensiones de homogeneización, concentración del poder en los estados nacionales, reformas religiosas y construcción de las infancias. El método frontal global de Comenius, esto es, un maestro al frente de un grupo mediano de alumnos, con su tiza y su pizarrón, mantuvo su presencia hasta hasta hoy como arquitectura constituyente. La inserción de las TIC en educación sigue siendo aún parte de un proceso que registra un espacio escaso en la formación docente inicial, y resulta que de buenas a primeras estos saberes se convirtieron en los definitorios para la construcción de esta opción, que era la única manera posible para seguir educando en tiempos de pandemia.

¿Qué hicimos, entonces? No nos resignamos. Con la premura hija de la necesidad construimos un dispositivo ad hoc que nos permitió llegar con Trabajos Prácticos de todas las materias a cada hogar de nuestros estudiantes en un plazo de cuarenta y ocho horas de comenzada la cuarentena, poniendo a disposición nuestras aulas virtuales, nuestros correos electrónicos, nuestros teléfonos personales, nuestros mejores o peores dispositivos tecnológicos como computadoras o tablets.  Detrás de ese título “Trabajo Práctico” existió un sinnúmero de conocimientos experienciales, un buen componente de audacia y un montón de compromiso con la tarea docente que a veces fue valorado, y a veces no.  Me ha tocado la feliz tarea de conducir más de ciento veinte personas con formaciones, edades y orígenes muy distintos, y absolutamente todas ellas le pusieron una garra y un compromiso altísimo a la tarea de diseño y ejecución de esta improvisada modalidad virtual. Los preceptores como mediadores de privilegio, las gabinetistas cuidando el sitio de los estudiantes con necesidades educativas particularizadas, los secretarios haciendo lo imposible para que el orden administrativo de lo pedagógico no se desbandara, los profesores pensando en las mejores formas en que ese chico o chica pudiera seguir aprendiendo Física, Historia, Lengua, Administración, Ciencias de la Tierra… todos unidos construyendo en el minuto al minuto lazos significantes que pudieran alojar ansiedades, enojos, demandas, deseos de los alumnos y familias que integran nuestra comunidad.  Computadoras en red que no se apagaban ni en la escuela ni en las casas, teléfonos siempre al rojo vivo, memorias llenas, discos duros saturados, profesionales que debían compartir netbook familiares con sus hijos y sus esposos, también sobremandados por sus propias obligaciones.

Seamos honestos:  una cosa es manejar la virtualidad como recurso que enriquece y perfecciona el contacto profesor – alumno en ese ambiente tan tradicional y también tan eficaz que es el aula física (los siglos de permanencia de la misma nos hablan de un dispositivo que ha sido extremadamente poderoso para transmitir conocimientos, dispositivo que aún no ha podido ser reemplazado por ningún otro) y otra cosa muy distinta es prescindir de esa mirada, esa afectuosidad, ese conjunto de gestos que hacen a la humanidad de la relación pedagógica y garantizan la transferencia, la construcción, el crecimiento compartido.  En el caso de la educación, el home office tiene sus límites: la presencia física del maestro es irreemplazable aún a esta altura de los tiempos, y así lo demuestran todos esos alumnos que extrañan la escuela y sufren por la ausencia de la compañía de sus compañeros, profesores y preceptores.

Quiero agradecer muy especialmente a todas esas familias que nos acercaron su apoyo, sus colaboraciones, sus  miradas críticas, sus ofrecimientos de ayuda. Quiero agradecer a todos los que respetaron y respetan nuestro trabajo, el nivel de compromiso que le hemos puesto a esta tarea para estar presentes sábados, domingos, feriados, días, noches en la tarea de educar a la distancia. Y a aquellos que piensan que pudimos hacerlo mejor  les quiero responder que sin ninguna duda es así, y que cuando todo esto pase, seguramente nos habrán quedado enseñanzas valiosas para repensar nuestras prácticas docentes, retroalimentar reflexiones, reorganizar espacios, con más tiempo, con más tranquilidad, con más diálogo relajado.
Pero más que nada quiero agradecer a toda esa inmensa cantidad de adolescentes que son nuestros alumnos por la fuerza que le pusieron a esta propuesta llena de errores y con algunos aciertos, por ese compromiso indeclinable con el rol de “estudiante”, porque mantener la escuela abierta en sus almas y en sus mentes, hubiera sido imposible sin ustedes, mis queridos chicos y chicas del IES.

Los abrazo con todo mi corazón.
Los quiere siempre
Viviana, La Dire.

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