La lectura en tiempos de virtualidad

Mis manos recorren presurosas, nerviosas, ansiosas los lomos de los libros dispuestos en los estantes de las librerías. Busco en un interminable laberinto de autores, de géneros, de títulos. Me detengo, algo me cautiva: el nombre del autor, la imagen de la portada. El título me atrapa, me guía hacia la sinopsis de su contratapa. Sonrío. Imagino otros mundos posibles, el olor a libro nuevo me embriaga; lo abrazo, ya dibujo en mi mente personajes, conflictos y espacios…

Muchos docentes de Lengua y Literatura veremos nuestro reflejo en ese pequeño relato; con cuánto entusiasmo intentamos convertirnos en las aulas en ese “mediador” del que habla Michèle Petit[1], ese que permite a otros apropiarse de un texto, ese “(…) alguien que ha hecho entrar libros, relatos, poesías, palabras dispuestas de manera estética, en su propia experiencia. Alguien que permite reencontrar la voz singular de un escritor, de un narrador. Alguien que abre espacios, tiempos, no sometidos a una rentabilidad escolar inmediata y que manifiesta al niño, al adolescente, al adulto, asimismo, una disponibilidad, una acogida, una presencia de calidad, una escucha (…)”.
Nuestra experiencia como lectores (expertos) es transmitida en esas lecturas en voz alta en las que nuestros tonos de voz intentan traducir emociones, poner en marcha pensamientos, reflexiones. Esas lecturas interrumpidas para aclarar dudas, para acotar informaciones, datos, anécdotas, intentando transferir, por sobre todas las cosas, conocimiento, pasión…

En los últimos tiempos, ese contacto con el libro en formato papel se resistía, porque “los clásicos” están a precios inaccesibles, porque los ejemplares en la biblioteca escolar son escasos, porque leer por placer se ha convertido en actividad de pocos y extraños.
Entonces veíamos como la tecnología irrumpía en las aulas y así negociábamos: leíamos desde los celulares y los estudiantes se perdían en el continuo de párrafos en las pantallas, no sabían como realizar anotaciones al margen, marcas, se quedaban sin batería, no sabían cómo hacer para descargar los textos sin eliminar sus archivos de fotos, videos, canciones, no tenían espacio para los libros.

Y la pasión se iba diluyendo…

Veíamos a la tecnología como una causante de una “crisis” de la lectura.

Hoy necesitamos su presencia. Aislados en nuestros hogares dependemos de las computadoras, tablets, celulares, conexión a internet, para intentar transmitir transferir nuestros conocimientos, experiencias, vivencias de lectura. Para que los textos escritos vuelvan a cobrar vida, leemos en voz alta en “videoconferencias”, resignamos el olor de las páginas del libro por el brillo de las pantallas; la escritura en lápiz en los márgenes por anotaciones en un espacio virtual; el compartir dudas y experiencias en una comunidad de lectores en un aula por un espacio virtual en el que muchas veces las cámaras y micrófonos permanecen apagados.

La lectura nos habla, de manera estética, de una experiencia humana, de otros mundos posibles. La lectura despierta el pensamiento, las emociones, nos conmueve, nos acerca a otros…
En papel o digital, los autores nos siguen hablando a través de la lectura, las ideas se mantienen vivas por la lectura.


[1] Petit, M. (2011). Al principio fue la experiencia lectora del Otro. En Diploma Superior en Lectura, escritura y educación. Buenos Aires: Flacso Virtual, Argentina.

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