Sarmiento y los protocolos: un Día del Maestro casi llegando a la nueva normalidad

En medio de la pandemia de Fiebre Amarilla de 1871, el por entonces presidente de la Nación Argentina, Domingo Faustino Sarmiento, decide junto con 70 “zánganos” -en palabras del diario La Nación entonces dirigido por Bartolomé Mitre- escapar de la ciudad de Buenos Aires hacia Mercedes. La huida de la peste también se repite por ejemplo en el Decameron de Boccaccio, donde un grupo de jóvenes huyen de una Florencia golpeada por la Peste Negra, y debido al aburrimiento comienzan sus diez jornadas de narraciones de todo tipo. Aclaro que el libro es muy largo y que hay una versión cinematográfica realizada por Pier Paolo Pasolini brillante (no solo los alumnos pueden decir “no leí, pero vi la peli”). Sarmiento bien podría ser un personaje de una narración medieval, pero fue un moderno y fue quien estableció las bases de nuestro sistema educativo nacional, por ello lo recordamos.

Ahora bien, que el “Padre del Aula” haya huido del centro del azote pandémico hacia otro territorio donde pudiera trabajar tranquilo y resguardarse no es dato menor. ¿Podríamos haber huido nosotros hacia un “por fuera” de la situación actual? Del mismo modo me pregunto en un esfuerzo poético de dudosa intelectualidad, ¿habrá soñado Sarmiento con dispensers de alcohol en gel?

El problema central del huir es que tiene que existir previo a ello un espacio a dónde llegar. En nuestro caso, la virtualidad hace las veces de ese territorio que llena los vacíos de la presencialidad áulica; hacía él huimos y en él nos resguardamos durante el 2020. En hiperbólicas hazañas, logramos mantener con esfuerzo y dedicación -y un aporte extraordinario de la suerte en relación al funcionamiento del módem de nuestras casas- a la Escuela en funcionamiento. 

La Escuela no es tan solo un edificio donde todas las mañanas nos paramos frente a un curso, con fibrón en mano a explicar el teorema de Gauss, el movimiento rectilíneo uniforme, la caída del Imperio Romano de Occidente, la devengación de intereses, la paleta de colores y la célula eucariota. Escuela somos nosotros; más allá del espacio físico está el entramado comunitario que construimos y que se ha demostrado es la columna vertebral de la sociedad. 

La vuelta a la presencialidad ha traído nuevos desafíos, que se le sumaron a los ya afrontados durante la virtualidad plena. Partiendo de un profundamente erróneo quehacer filológico sobre la palabra “docente” (parecido a ese que planteaba que “alumno” significaba “sin Luz”), podemos decir que cada uno de nosotros se convirtió en una docena de entes de distinta índole, que abarcan ahora saberes de las más diversas naturalezas, practicidades y proveniencias. Desde peritos informáticos en la búsqueda de similitudes en producciones escritas, programadores e ingenieros en experiencias virtuales como tests, encuestas y cuestionarios, productores en medios audiovisuales para nuevas plataformas (más de uno pensó dejar el IESS y hacerse youtuber) y especialistas en Seguridad e Higiene. Nos hemos vuelto sabios en materia de barbijos y cubrebocas, en formatos de máscaras y lentes de protección, y otros en dermatólogos que recomiendan cremas para sanear los daños de la sanitización constante y las arrugas inducidas por las máscaras.

¿Existirá una cita de Paulo Freire que hable sobre cómo dar clases cuando se te empañan los lentes y la mascarilla al mismo tiempo? Si alguien la sabe, por favor que haga un afiche y lo pegue en la sala de profesores.

Respondiendo a la pregunta que me planteaba en un principio, si podríamos haber huido a un lugar “por fuera” del que nos tocaba vivir, acerco una hipótesis: que, incluso habiendo podido, no lo habríamos hecho.

Esa hipótesis parte de la base de una visión muy personal y subjetiva, y es que nuestra profesión no es solo un trabajo, sino más bien un modo de vida del que muchas veces no podemos salir. Algunos hasta nos llevamos el tono de voz docente-explicativo al almacén de barrio, y le decimos “es más complejo” a nuestros amigos cuando nos activan el chip en una reunión. El “por fuera” de la docencia no existe, con todo lo positivo y negativo de esta consideración. La posibilidad de huir, dejando en nuestra ausencia un empobrecimiento del mundo, no solo a nivel intelectual sino a nivel social, habría sido más catastrófico que las actuales consecuencias de la pandemia y las vicisitudes de la vida cotidiana. 

Por eso, orgullosos de lo que hemos decidido hacer, asumiendo las circunstancias que no hemos elegido para enseñar, hemos enseñado, aprendido y vuelto a enseñar siendo mejores. Nos mantuvimos donde nos necesitaban, como la Institución Carlospacense a la que familias confían la formación de sus hijas e hijos tanto en saberes científicos, como también en su formación ciudadana. 

Dimos y seguimos dando el ejemplo.

Y hoy, 1 de Septiembre de 2021, mientras escribo esta nota que me pidió Ernestina Godoy para la revista, no puedo hacer otra cosa que pensar en mis compañeros y compañeras de trabajo: Equipo Directivo, Gabinete, Docentes, Preceptores, secretarios y todos los que formamos la comunidad del IES, sabiendo que la calidad humana y profesional son las que priman.

Porque si la comunidad no acompaña, las circunstancias negativas pueden ganar, y eso es justamente lo que no ha pasado. Porque si el trabajo conjunto no lleva también la afectuosidad y la camaradería, nos comería el tedio de llenar planillas y corregir frente a la computadora, y recordar qué burbuja está en el cole, si subimos la tarea, si respondimos tal o cual mail, si nos bajamos bien la máscara, si la línea amarilla es para ir o venir, o si vale la pena tanto lío.

Vale la pena si proyectamos en tanto esfuerzo la idea de un futuro mejor, donde más allá de los reconocimientos aislados y palabras lisonjeras, la sociedad ponga en valor la tarea docente y la educación, que han demostrado con creces su importancia y centralidad en el país. 

Vale también la pena pensar que nuestra labor, a la que nos dedicamos sin parar, es la prolongación de nuestro ser en las pibas y pibes que llevan el escudo institucional. Nuestra tarea y vida trascienden, porque el futuro son las estudiantes y los estudiantes sin nosotros.

Vuelvo a pensar en Sarmiento con barbijo, máscara, a dos metros de distancia y me da risa, porque los que lo celebramos y somos sus herederos, lo sobrepasamos por quedarnos a dar la lucha y no escapar.

¡Feliz día!

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