“El IES de los 60”: una historia de Cristina Moral, egresada y participante de “El IES en tu memoria”

Quienes transitamos a diario los pasillos, las aulas, los patios del IES sabemos que en sus paredes vibran, permanecen historias de quienes en otros tiempos formaron parte de su comunidad educativa. En esta oportunidad queremos compartir uno de los relatos que nos llegaron de ex alumnos que quisieron hacer vívidos los ecos de ese pasado en nuestra escuela. Cristina Moral, ex alumna de la promoción 1966, nos permite recorrer aquel IES de los años 60 y emocionarnos con sus palabras y con las imágenes que dan forma a esos recuerdos.

El IES de los 60

Alumnas con el profesor Rodolfo Mirgone

⁃¡Señorita Moral! ¿A dónde va?

Recuerdo que me quedé petrificada ante la voz de Carmela (“la Cucharita”), celadora de nuestro curso.

⁃Estoy yendo al baño -le respondí-. Me dio permiso el profesor.

⁃Bueno. Usted sabe que no se puede transitar por el colegio en horas de la clase, ¿no? ¿Y a ver? Muéstreme -me dijo relojeándome la cara-, tampoco se permite venir maquillada.

⁃¿Yo? No, no lo estoy –aseguré.

⁃Mmmm, a mí me parece que sí -replicó “la Cucharita”-. No deben venir con nada de esas cosas.

Además, con el uniforme completo, como corresponde, por orden de dirección, y me parece que ustedes no lo incorporan. Vaya al baño, se lava bien la cara y regrese al curso. La estaré controlando.

Cristina en su viaje de egresados a Piriápolis

Estos episodios eran normales para mí en el cole. Visto a lo lejos, después de casi 55 años, ¡pobres celadores, docentes y directivos con nosotros! Éramos, por cierto, un grupo rebelde para las normas de la época, y seguramente dábamos bastante trabajo.

A mí me mataba todo lo que consideraba injusto. Por eso, siempre con respeto, decía lo que pensaba. Me costaba callar ante aquello que no digería, ya sea por mí o por otra persona.

Así como era muy sincera, también debo reconocer que era bastante vaga y muy vueltera para sentarme a estudiar. Quizá pertenecí a un grupo parecido y obviamente, no me agradaba estar en el de las “traga”, pero gracias a la solidaridad de esas tragas, muchas veces, pude aprobar alguna materia que me costaba.

En general, a nuestro grupete, nos alcanzaba con llegar al 7, y no recuerdo para nada que compitiéramos entre nosotras por las notas. Éramos felices siendo del montón. Es más, t r atábamos de pasar inadvertidas para no comprometernos con tareas extras del cole.

En particular, me encantaba que me sacaran de clase para ensayar en el coro, a cargo de la profe de música Yolanda Ducomún de Bestard (que la tuve desde jardín hasta que me entregó mi título de maestra) o para el ensayo de una coreografía de gimnasia, con la profe Silvia Sarudiansky.

Con la profesora “Yoli” de Música

También reconozco que tenía un mundo propio, romántico, de diario íntimo, poesía y estaba tan enamorada, que no veía las horas de salir al recreo para verlo.

Llegaba al colegio dormida, y las primeras horas eran justo las peores para mí: ¡Matemáticas, química, física, anatomía! Pero después del recreo de las 11, comenzaba a despertar.

Mis profesoras de literatura, tanto Élida Gigena como Norma Verdú, ¡eran lo más! Durante sus clases podía soñar y escribir, porque ellas sí me inspiraban.

Me encantaba la hora de dibujo con Julieta Delfino. Siempre, parecía corta. También disfrutaba mucho con las clases de psicopedagogía, que dictaba Lucía Baggione.

Ya en quinto, nuestro último año de magisterio, con Práctica de la Enseñanza, era feliz. Allí nos tocaba experimentar de verdad, frente a un grado, con los niños de la primaria.

Casi puedo asegurar que fue el mejor momento. Allí descubrí, lo mucho que me gustaba la docencia!

Pero creo que si sólo cuento del último año, estaría siendo injusta. Bien vale recordar los comienzos de estas historias de nuestro paso por la secundaria, lugar tan lleno de las mejores vivencias disfrutadas durante la juventud.

Con la profesora Elida Gigena

Nuestra Escuela, I.E.S, se inició con personas comprometidas que se anotaron para oficiar de profesores ad honorem para que sus hijos, junto a muchos otros jóvenes de Carlos Paz, tengamos la posibilidad de contar con un colegio secundario y pudiéramos cursarlo completo en un mismo edificio, sin tener que viajar a la ciudad de Córdoba o a Cosquín. Para ello, los médicos se convirtieron en profesores de anatomía; los bioquímicos, de física y química; los ingenieros, de matemáticas; los abogados, de historia e instrucción cívica; los farmacéuticos, de botánica… y muchos se prepararon hasta completar las materias que faltaban para cada curso.

Hoy, los considero unos quijotes porque lucharon por alcanzar ese gran sueño, levantado con mucho amor y sacrificio. Así se construyó nuestro tan querido Instituto de Enseñanza Secundaria (IES)

Estrenamos el edificio en 1962, cuando entramos a primer año de magisterio. El aula nuestra tenía piso de portland y era muy aireada, ya que en las ventanas, no había vidrios. Comenzamos en pleno invierno con polleras grises más bien cortas, medias de seda, camisa blanca, pulover escote en V y un escuálido blazer azul, atuendo poco abrigado, por lo que temblábamos de frío!

Allí se hizo presente la generosidad de nuestros padres: gracias a su aporte económico, el curso tuvo baldosas en su piso y los tan ansiados vidrios en las ventanas.

De esta manera, año a año, fue creciendo nuestro cole.

En general, el staff de profesores que se formó, fue maravilloso. Cada uno, dejó huellas profundas.

Pero tengo que confesar que tuve un profesor preferido, el más amado por mí, y con mucha emoción, nombro a un ser tan especial como el Dr. Figueroa Güemes. El sí que sabía demostrar esa comprensión por cada alumno en el curso.

Profesor Figueroa Güemes

Un día, llegó y dijo: “Saquen una hoja y vamos a contar lo que aprendimos leyendo nuestra historia argentina”.

El aula quedó en un silencio total.

Dábamos vuelta la cabeza y la mirada hacia nuestras compañeras de al lado y ninguna podía soplarnos ni una palabra. Yo, realmente, estaba dentro de una nebulosa y no había manera de que escribiera alguna frase.

Cuando sonó el timbre, firmé con mucha vergüenza y salí al patio.

¡Era un papelón! En el recreo, comentamos con pesar aquel fracaso.

Fuera que detestaba fechas, historia y geografía, no me gustaba que un profe tan querido tuviera este horrible concepto de desinterés por su materia y menos, que pensara que no lo escuchábamos, cuando se desvivía hablando desde el alma y contándonos la verdadera historia de su tatarabuelo el General Martín Miguel de Güemes. Por él, había que superar la vergüenza de tal fracaso, así que cada uno fue leyendo durante la semana aquello no estudiado, para no tener tan herida la dignidad.

La semana entrante, cuando volvimos a tener historia, él entró al curso, nos saludó con la misma alegría de siempre y desde su mirada celeste como el cielo y su pícara sonrisa, nos contó de su accidente:

⁃¿Ustedes saben lo que me ha ocurrido? La última clase, salí un poco apresurado porque tenía que hacer algún trámite antes de llegar a casa y se ve que no ajusté bien el portaequipaje de la moto, ¡por lo que se me volaron todas las pruebas! Así que hoy, vamos a intentar un breve repaso, de esta manera podrán hacer este examen de nuevo. Está por cerrar el trimestre y necesito sus notas.

No recuerdo si aplaudimos o no, pero estábamos felices. Obviamente, fue una “pequeña trampita de amor” para darnos otra oportunidad…

Un día, yo estaba triste y contrariada con mi padre porque él quería a toda costa que al terminar el secundario, fuera a trabajar a su oficina. ¡A mí, ni se me ocurría! Peor fue cuando me escapaba de las clases de mecanografía de la Academia Pitman, a donde tenía que asistir, para que de una vez aprendiera a escribir correctamente a máquina, con velocidad de rayo, y trágico, cuando le confesé que yo quería estudiar Bellas Artes y escribir para teatro. ¡Fue casi un drama familiar!

Viaje de egresados a Uruguay

El Dr. Figueroa Güemes, con su gran observación, se dio cuenta en el curso de que algo me estaba pasando, y como en secreto, me dijo que después de clases quería hablar conmigo.

Ya en el patio, me invitó para que cuando pudiera le hiciera una visita.

Esa misma semana resolví concretar la invitación. Recuerdo como si fuera hoy, cuando Dorita, su esposa, con la calidez de siempre abrió la puerta y me hizo pasar al escritorio. Era un mundo mágico entre libros y pinturas. El Dr. me hizo tomar asiento y me preguntó: “¿Qué te está pasando, muchacha?”

Entonces le conté mi tragedia.

Él me escuchó atentamente, hizo un silencio y comenzó a contarme su propia historia.

A pedido de su madre, había estudiado una carrera que a él no le gustaba y cuando finalizó la facultad, le regaló el título a ella. Luego se preparó con pasión. Pintó escribió, fue docente universitario y secundario, lo que siempre había soñado.

También aclaró que eran otros tiempos, y me dijo que yo fuera inteligente para conservar la buena relación con mi padre, pero que nunca acallara los dictados de mi corazón.

Me puse de pie, le agradecí con un abrazo de hija a padre, saludé a su esposa y salí feliz, tranquila, comprendida e impulsada por mi querido profesor.

Aún sus palabras resuenan en mí, y a partir de ahí decidí con “mi ser “, y no sólo el mandato del “deber ser”. Por siempre sabré que un talento es como una semilla, que crece en la medida que la riegue y la cuide para que se convierta, con trabajo y sacrificio, en una habilidad.

Gracias, profe de historia, y a todos aquellos que fueron dejando estos recuerdos tan hermosos en cada uno de los que pasamos por esas aulas y sus clases.

Gracias compañeros muy queridos de nuestra Promo 66, ya que sin ustedes, nada de esto podría haber sido cierto. Cada uno dejó en mí su impronta, la que reaparece en cada encuentro, en los que con tanta alegría disfrutamos y reímos recordándonos jóvenes, como si los años no hubieran pasado.

Y, por último, un abrazo enorme al IES de nuestra amada Villa en su 70 aniversario!

Les debo mucho de lo que soy y me despido con una oración de agradecimiento escrita en hoja de carpeta, rumbo al cielo, para los compañeros que se nos adelantaron, y para aquellos pioneros generosos porque pensaron en el futuro de tantos jóvenes que, como yo, pudieron gracias a ese esfuerzo titánico, estudiar y ser la buena gente que ellos mismos soñaron.

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