La herencia que no fue. Reflexiones en torno al 12 de Octubre – Día del Respeto a la Diversidad Cultural

En Argentina, hasta 2010, la fecha del 12 de octubre era conocida con el nombre de “Día de la Raza”. Anteriormente se conmemoraba este suceso histórico bajo la óptica de “el descubrimiento de América” o simplemente la llegada de Cristóbal Colón a este suelo. Sin embargo, hace 11 años, cambió su denominación a “Día del Respeto a la Diversidad Cultural”, revalorizando otros significados más acordes a lo que nuestra Constitución Nacional y diversos tratados y declaraciones de derechos humanos dan a la diversidad étnica y cultural de todos los pueblos.

Citando a fuentes gubernamentales[1]: “este cambio de paradigma implicó dejar atrás la conmemoración de “la conquista” de América para dar paso al análisis y a la valoración de la inmensa variedad de culturas que han aportado y aportan a la construcción de nuestra identidad.”

Y al leer esas líneas me lamento al no sentirme interpelado por ellas. Y me pregunto, ¿cuánta de esa cultura vive hoy en la sociedad argentina? ¿Cuánto se perdió? ¿Cómo sería hoy nuestra sociedad y cultura si, en lugar de la devastación, destrucción y reemplazo de las costumbres y creencias de un pueblo sobre el otro, hubiera ocurrido un verdadero intercambio cultural?

Como es bien sabido, la magnitud de la destrucción de la cultura americana nativa se debió a diversos factores, entre ellos la superioridad bélica de los invasores y también a las enfermedades epidémicas que los españoles trajeron para las cuales los habitantes de los pueblos originarios no tenían anticuerpos desarrollados. Pero hubo otro factor determinante y de gran peso que no se suele tener tanto en cuenta: la superioridad en el manejo de los símbolos y comprensión de los signos que tenían los extranjeros.

Tzvetan Todorov, en “La Conquista de América. El problema del otro”[2], afirma que el éxito de la conquista de América obedeció fundamentalmente –aunque no exclusivamente– a la convicción europea de su superioridad cultural. Esto permitió a los colonizadores desarrollar una gran capacidad de adaptabilidad, de entendimiento de los signos del Otro y de comunicación de sus propios signos al Otro. De esta manera, podríamos decir, abusaron de la “ingenuidad” de los pueblos originarios, sacando un gran provecho en situaciones como la de Cortés, que entendió y tomó ventaja de la estructura política y religiosa de los aztecas, se adaptó a ella y la utilizó en su contra.

Los españoles llegaron con una clara visión etnocéntrica del Otro y una convicción de superioridad que anularía toda posibilidad de continuidad de la cultura originaria. Acá me quiero detener. Ya que desgraciadamente la visión de los conquistadores era que, de aquellos nativos, no había nada que aprender, ni su lengua, ni sus costumbres. Continuando con la explicación de Todorov:

“…para Colón no hacía falta conocer a los indígenas; era suficiente con inventarlos desde la perspectiva de sus preconcepciones religiosas o novelísticas, como nobles salvajes, como los mejores seres en el mundo, o como los más crueles, hostiles y cobardes, cuya esclavitud se justificaba por sus criminales prácticas caníbales. Por eso había que transformarlos, que asimilarlos. De hecho, como para Colón lo diferente era sinónimo de ausencia, en el Nuevo Mundo no existía nada, sino que todo estaba por fundar: nuevos nombres, nuevas creencias religiosas, nuevas costumbres. Y ésa es precisamente la misión que Colón descubre para sí: la asimilación de los indígenas”.[3]

Teniendo en cuenta estos elementos y volviendo a la pregunta inicial “¿Cuánto de los saberes, costumbres, valores y cosmovisiones de los pueblos originarios nos perdimos?”, me queda claro que la pérdida es incalculable.

Es cierto que existen pequeñas comunidades que han resistido aisladas y han heredado muchas costumbres, saberes y tienen una cosmovisión diferente a la del resto de sociedades de los pueblos latinoamericanos. Y es cierto que hay regiones mayormente influidas o que tienen más ascendencia originaria. Pero a grandes rasgos, no hubo un cruce de culturas, no emergió una nueva sociedad heredada de la simbiosis de dos culturas. Durante la destrucción de américa, que comenzó en 1492, hubo una cultura que fue arrancada del suelo cual yerba mala y su lugar se plantaron las semillas del cristianismo, de las prácticas mundo moderno, de las costumbres hombre blanco europeo. Y se utilizó la sangre y el dolor como abono. Quizás algunas raíces sobrevivieron aquí y allá, aisladas. Pero la tierra estaba demasiado mancillada. La pérdida cultural fue irreparable.


[1] https://www.argentina.gob.ar/noticias/12-de-octubre-dia-del-respeto-la-diversidad-cultural-0

[2] Tzvetan, Todorov (2207) La Conquista de América. El problema del otro. México: Siglo XXI.

[3] http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-11912010000200008

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