“La Promo 65”, de Sonia Carande, evoca a una histórica generación para el concurso “El IES en tu memoria”

¿Quiénes pueden hoy, tantos años después, ser testimonio de cómo nació nuestro querido IES? Es innegable el privilegio de haber sido testigo del nacimiento del edificio tal como lo conocemos hoy. Y no podemos menos que emocionarnos al saber que, quienes fueron alumnos y alumnas por esas épocas, se hayan llenado de orgullo tanto como para que no importase que a las aulas aún les faltaran los vidrios o si el patio era de tierra. Saber de qué manera llegaron hasta Bariloche en los años 60 es viajar a un pasado que resulta casi inverosímil para estos tiempos actuales. Y es por ello que resulta maravilloso viajar en el tiempo, y vivir la pasión y la entrega de este grupo de estudiantes. Gracias a la Promo 65 por compartir este bellísimo relato que, de la mano de Sonia Carande, fue presentado al Concurso El IES en tu memoria.

La promo 65

Somos un grupo heterogéneo, cambiante, activo. Y decimos “SOMOS” pues aún estamos en contacto a través de la tecnología… si, NOSOTROS los que nacimos en la primera mitad del siglo pasado (… Mmm! ¡Qué horrible suena!), los que para comunicarnos solo contábamos con el teléfono a manivela y la Central Telefónica, para quienes el teléfono negro fue de por sí un gran avance, NOSOTROS manejamos (algunos sin problema, otros más o menos) la tecnología del presente y así compartimos logros, alegrías y a veces la tristeza ante la partida de alguno de nuestros compañeros…

Pero ¿dónde nació este grupo? Allá lejos en el tiempo, 1959/1960, reunión de egresados de las Escuelas Primarias locales Carlos N. Paz, San Martín y Modelo de Aplicación. Fueron engrosando nuestras filas alumnos de localidades cercanas, como Tanti, Cosquín, Saladillo, Córdoba inclusive, y los hijos de aquellas familias provenientes de otras provincias argentinas  que se iban afincando en un Carlos Paz pujante, en continuo desarrollo y progreso.

Comenzamos en la Biblioteca José H. Porto, luego pasamos al legendario chalet “La Pepita” y luego de otro par de provisorios meses en la Biblioteca, con orgullo y alegría pisamos el patio de tierra y los pisos de cemento de las nuevas instalaciones. No importaba que no hubiese vidrios en las ventanas ni calefacción alguna, por supuesto: ERA NUESTRA ESCUELA, NUESTRO INSTITUTO DE ENSEÑANZA SECUNDARIA, NUESTRO LOGRO Y NUESTRO ORGULLO. Y el grupo de profesores y directivos no se quedó a la zaga: Pochita Armesto, Norma Verdú, Rodolfo Mirgone, Eduardo Boqué Miró, Dr. Ibañez y su esposa, Dr. Alberto Carande, Dr. Martín Figueroa Güemes, Dr. Elverdin, Sra. Ingrata, Julieta de Laurens, Elida Gigena, “Perico” Murúa; el equipo de Ej. Físico: Silvia Sarudianky, Sr. Seisdedos y el Chango Espeche; Yolanda Ducomoun, Tuchi Mancoff, Sra. de Vaggione, Sr. Boggio y Sra., Hugo ”Colorado” Bergese y tantos otros, acompañados de un solidario equipo de no docentes. Y quiero mencionar entre ellos las inefables Raquel De Filippi y Carmela Segura (apodadas afectuosamente “cucharita” y “cucharón”) y la inolvidable preceptora Norma Ferro. A su lado aguantamos las temperaturas extremas, preparamos los desfiles patrios en medio de la polvareda, hicimos ejercicio físico en clubes lejanos (vestidos con ahora irrisorios atuendos) y participamos en competencias intercolegiales… donde solo de vez en cuando resaltaba alguien muy bien dotado.

Pero el IES creció, y nuestra Promoción creció con él. Fuimos aunando descendientes de criollos, de españoles (Galicia, Andalucía, Asturias), de ingleses, polacos, alemanes, armenios, árabes, judíos, una mezcla explosiva, rica en matices, poderosa, solidaria. Eso nos marcó como grupo, creando lazos indisolubles en el tiempo. Aceptamos el desafío de concurrir en las vacaciones de verano para lijar y barnizar los pupitres, dejándolos listos para el comienzo de clases, y de llenar siete camiones de palos de escoba y bulbos eléctricos desechados (bueno, lamparitas quemadas) recolectados por todo el pueblo, para que el producto de su venta se volcara en un nuevo ala para el amado edificio…que vimos levantar con el orgullo de saber que esos ladrillos eran el producto de nuestro esfuerzo. Pasamos horas libres en nuestro central y desolado patio de tierra, y hasta fuimos capaces de “piquetear” para lograr que se permitiera al alumnado femenino el uso de pantalones largos en vez de las tableadas faldas, debido a las bajas temperaturas del invierno. Dicho sea de paso, hasta que no colocaron los vidrios en las aulas, el frío nos obligaba a disminuir las horas de clase, aunque las recuperábamos los sábados por la mañana. Pero éramos un Colegio VIP, con “Patio Norte para Fumadores” (¡vigilado cuidadosamente para que no fuesen atrapados “in fraganti”!); “Espacio exterior de Recreación” (léase “deteriorados juegos de niños amontonados” en la zona posterior) y hasta “Salida de Emergencia” hacia el Oeste, utilizada por indómitos “chupineros” ¡Sepan los que leen estas líneas que NO estamos “buchoneando” A NADIE, pues todos los delitos esbozados han ya prescripto por el tiempo!

Y un día feliz, en medio del patio se elevó sobre escalones de hormigón, el mástil de la bandera. ¡Todos quisimos acompañar este evento, paso a paso! Alumnos, profesores, posamos para perpetuar acontecimiento tan importante.

Finalmente y durante unas vacaciones, se realizó el contrapiso del patio… ¡Qué emoción al verlo! ¡Otro evento a celebrar!

En realidad, en el día a día, todo avance era un logro que sentíamos propio, y por ello la alegría con que lo recibíamos, compartiéndolo con los nuevos alumnos que se incorporaban, acompañando el crecimiento de nuestro pueblo. Y aunque alguno venía de importantes ciudades, como Bs. As. o Córdoba, donde con toda seguridad sus colegios de origen tenían una historia muy anterior a la nuestra y posiblemente eran de mayor envergadura, nos hicieron sentir que lo que nosotros les ofrecíamos era lo mejor de lo mejor… gracias por ello, compañeros. Gracias por acompañarnos en cada logro con sincera y entusiasta participación, por “prenderse” resueltamente a cada festejo, a cada iniciativa, desde las presentaciones de gimnasia en el Club de Pesca hasta los desfiles por el centro del pueblo, en día patrio.

En el interior del edificio, poco a poco fuimos logrando la comodidad que en sus principios faltara: pisos, revoques finos, pintura… logro tras logro para una juventud que nunca cuestionó, solo brindó su apoyo incondicional y su alegría de vivir, expresada en la cordialidad de cada día de clase.

Crecía nuestra Villa Carlos Paz, a pasos agigantados… crecía el barrio, antes desolado, crecía nuestro Instituto y crecíamos nosotros, guiados por un equipo docente que se destacó por sus conocimientos, por su empatía, por su esfuerzo y dedicación… y por los no docentes, solidarios y amigables, prestos siempre a colaborar.

El profesor de Historia Argentina, Dr. Martín Figueroa Güemes, supo apodarnos en aquellos días “MI TERCER AÑO GLORIOSO”:

“…Glorioso por su alegría, por su empuje y su templanza,
Glorioso pues representa de un profesor la esperanza”

Y un buen día se nos ocurrió que debíamos organizar el primer viaje de estudios del instituto en su totalidad. Porque queríamos hacerlo TODOS JUNTOS: Integrantes de Magisterio, Bachillerato y Escuela Comercial. Elegimos BARILOCHE, lugar lejano, de ensueño, que casi nadie había visitado por entonces. Comenzamos en Segundo Año a recaudar fondos para semejante aventura, con una pomposa “Comisión pro viaje”, que tenía una tesorera, Ana María Müller, dura y prolija (¡como buena descendiente de alemanes!) que nos llevó con éxito a lograr los montos necesarios ¡Incluso se dio el lujo de entregarnos rollos de papel higiénico para el viaje, los que se convirtieron en festivas guirnaldas en los vagones del tren! Porque sí, logramos la meta propuesta. Trabajamos codo a codo, entusiastas, felices: festividades en la semana del estudiante, organizadas con paseos y eventos para los que siempre encontrábamos respaldo en la comunidad, y además “asaltos” intercolegiales (convenientemente, y de acuerdo a la época, chaperoneados por un par de madres irreductibles: Doña Pocha y Doña Sara) y actividades diversas, todas remunerativas, destinadas al viaje soñado.

Claro que, antes de llegar a quinto año, practicamos con un viajecito a Cerros Colorados para conocer la casa de Atahualpa Yupanqui y las cavernas con dibujos pictográficos de los pueblos originarios. La provincia, a través de la gestión del Dr. Carande, nos prestó un ómnibus urbano, verde: un “Loro” fuera de uso, tan duro como nuestra determinación a conocer el país… y luego vino un segundo viaje en el mismo vehículo al norte argentino: Tucumán y Salta. Nota al pie: un éxito total, que nos dio más impulso para la aventura final: viajar al lejano sur.

El entusiasmo de todos era contagioso, los preparativos frenéticos. El Dr. Garayzábal, miembro del gobierno nacional, nos tramitó y obtuvo el viaje en tren. La propuesta era tan inédita que se nos unió un grupo de profesores y directivos, ansiosos por acompañarnos y compartir una experiencia tan enriquecedora.

Y finalmente partimos… salimos de la Ciudad de Córdoba en el tren “Rayo de Sol”, 50 alumnos en total, de los últimos cursos de Magisterio, Bachillerato y Comercio, tal como lo habíamos soñado, planeado y llevado a cabo. Y además… 7 profesores: la Sra. Pochita Armesto, la Sra. Norma Battistini de Verdú, la Sra. de Boggio, el Dr. Eduardo Boqué Miró, la Sra. Estela de Ibañez, y “Perico” Murúa. Eran las 21 horas del día 16 de Septiembre 1965, ¡y nos hicieron una despedida que ahora, tantos años después, me recuerda a las que se realizan en los muelles a los cruceros interoceánicos! Recomendaciones de último momento, cajas con viandas para que “no pasáramos hambre”, abrazos, besos, alguna lágrima escondida… y nosotros locos de entusiasmo por salir.

La primera etapa del viaje duró de doce a trece horas, arribamos a Retiro a la mañana siguiente, día Domingo, y allí, a última hora de la tarde, abordamos otro tren que salió sobre las 21:00, y en el cual estaríamos 46 horas antes de llegar a San Carlos de Bariloche.

Pero no nos aburrimos: además de la algazara propia de nuestro grupo, descansamos cómodamente instalados, comimos noche y día, no nos perdimos detalle de todo lo que pasaba a nuestro alrededor, y pasarán a la Historia las interminables jugadas de cartas entre Luisita Bernaola y las profesoras en el salón comedor, totalmente “copado” por nosotros durante todo el viaje.

Como era de esperar, bajamos en cada ocasión que se nos presentaba: en Rosario casi se queda Gustavo Moyano, en medio de la llovizna, y en Bahía Blanca cargamos nuevas vituallas para el cruce de La Pampa… que fue bastante problemático. En efecto, de pronto nos detuvimos y al observar por las ventanas, notamos que no era una parada más: se habían desprendido nuestros vagones del resto del tren… ¡y estábamos en medio de la nada! Si nos quedábamos abordo, nos atemorizaba que otro tren pudiese embestirnos… Si bajábamos, solo Dios sabía qué fauna autóctona encontraríamos entre los pajonales. Pero finalmente volvieron  y nos engancharon nuevamente, para nuestra tranquilidad y la de los profesores que nos acompañaban.

Al atravesar el Río Negro, debido a que se detuvo la formación por algunos minutos y luego siguió a muy baja velocidad, algunos bajaron a sacar fotografías…                      y de pronto el tren comenzó a alejarse, ¡y debimos ayudar a los rezagados para que lo abordasen nuevamente!

¡Finalmente arribamos a San Carlos de Bariloche! Cansados pero felices, preparados para pasar una semana de compañerismo y aventuras.

Paramos en dos hoteles, el “Radal” en la esquina, donde estaban los varones, y el “Carabajal”, donde pernoctaba el sexo femenino, cuyo comedor usábamos todos. Durante el día, excursiones varias (Cerro Catedral, Isla Victoria, Bosque de Arrayanes etc.) y por la noche Confitería Bailable “Nevada” (sí, ¡así se llamaba!). Allí nos acompañaban como “chaperonas” Pochita y Norma, pero cuando el cansancio las vencía, dejaban a cargo a Luis Avellaneda y Alfie Woodward, ¡quienes aprovechaban el momento para reaprovisionarse en la barra!

¡Infaltable la fotografía en la nieve!

Entre los paseos realizados, también visitamos el Instituto Balseiro. Y es que el hermano de nuestra compañera Luisita Bernaola enseñaba allí, y nos invitaron a un ágape a través de él. También invitaron a las dos únicas delegaciones estudiantiles que se encontraban en Bariloche en ese momento, pertenecientes a escuelas Católicas de Cuyo. Merece esta experiencia unas líneas aparte.

Los alumnos del instituto nos habían preparado como recepción una picada con gaseosas. Nosotros estábamos bastante intimidados, teníamos enfrente a la flor y nata de los “cerebros científicos” de la época, no sabíamos muy bien qué decir o hacer… pero era tal la emoción y alegría que ellos sentían porque habíamos aceptado la invitación que tendieron afectuosos puentes y a poco nos encontrábamos charlando como si nos conociéramos de toda la vida! (¡Para tranquilidad y satisfacción de Coco Bernaola, que era quien había propiciado el encuentro!).  Una anécdota más: todavía deben estar, algunos memoriosos habitantes del centro de San Carlos de Bariloche, preguntándose quienes serían los dos fantasmones ataviados con calzoncillos y camisetas frisados (Adolfo Fernández y Alfredo Woodward), perseguidos por una horda de jóvenes entusiasmadísimos, y con dos policías locales cerrando la marcha… por las dudas. ¡Y esta aventura no la compartieron con el equipo femenino!

Pero “no hay plazo que no se cumpla”: había llegado el momento de volver… teníamos por delante la colación de grados y el baile de egresados, lo que no era poco, a decir verdad. Creo que dormimos todo el viaje de regreso, había sido una experiencia enriquecedora… y agotadora a la vez. Pasamos nuevamente por Buenos Aires, y en las horas de espera hasta la salida del tren rumbo a Córdoba, algunos aprovecharon a pasear por la ciudad, otros fuimos al cine con Carola Garayzábal a ver nada menos que una película de James Bond, el legendario Agente 007, para luego reunirnos todos en Retiro a disfrutar de las anécdotas antes del regreso. El viaje y las experiencias vividas habían fortalecido nuestros vínculos, mucho extrañamos a quienes no habían logrado hacerlo, y eso nos afirmó como grupo, a pesar de no haber podido compartir la experiencia.

Y en un suspiro casi, llegó finalmente el momento de la colación de grados. Con nuestras mejores galas: las chicas vestidas de blanco, los compañeros de riguroso traje, recibimos los diplomas de manos de los profesores que nos querían bien, y que nunca, estamos seguros, nunca olvidaron a la PROMO 65 del INSTITUTO DE ENSEÑANZA SECUNDARIA.

Y por supuesto, luego de la entrega de diplomas, ¡la fiesta que tanto esperábamos!

Permítannos aquí regresar al primer párrafo de estas líneas…  NOSOTROS, los que nacimos en la primera mitad del siglo pasado, y que pasamos por la zozobra de la guerra fría, los movimientos por los derechos civiles en EUA, la guerra de Vietnam, el asesinato del Presidente Kennedy, el Movimiento Hippie, los Beatles y tantas otras experiencias como los Hot pants, la minifalda, la llegada del hombre a la luna y la imperiosa necesidad de aprender a usar la computación (¡y enterrar a las clases de mecanografía!) para lograr ponernos de acuerdo con la época y sobrevivir…  NOSOTROS, ahora llamados la “tercera edad”, o la franja etaria “de riesgo” de esta particular época actual, salimos al mundo en los históricos años 60 con un empuje increíble, decididos a plantar nuestras banderas y hacernos sentir en aquellos ámbitos donde elegimos  desarrollarnos. Y nos convertimos en pintores, dibujantes y escritores destacados,  nos proyectamos a la sociedad como arquitectos, ingenieros y abogados, psicólogos, médicos, comerciantes y profesores, trabajadores sociales, padres y madres ejemplares, formando nuestra propia familia y perpetuándonos a través de los hijos y nietos que continuaron nuestro hacer (o no, de acuerdo a su propia personalidad). Algunos incluso descollaron en actividades particulares y socialmente valiosas, como coleccionistas, restauradores de piezas antiguas y cuidadores del medio ambiente. Viajamos por el mundo y nos asentamos definitivamente en distintos lugares, forjando caminos propios, únicos, enriqueciéndolos con nuestro hacer. 

Ahora que nos hemos reunido nuevamente, compartimos con alegría y un tenue velo de nostalgia el recuerdo de aquella juventud pujante y plena de valores. Con la emoción del reencuentro, con el orgullo de ser quiénes somos y el agradecimiento a quienes ayudaron a forjarnos y con la sabiduría que los años nos han dado, parafraseamos al Nano Serrat (¡y Machado!) compañeros de aquellos días en que salimos al mundo a hacer lo nuestro…

“…Caminante, no hay camino, se hace camino al andar…

Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás,

Se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino, sino estelas en la mar…”

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