“La huella de la humanidad en la Tierra”: reflexiones de alumnos de 5° año A en el Día Mundial del Medio Ambiente

Los alumnos de 5° año Orientación Ciencias Naturales realizaron trabajos de investigación sobre medio ambiente. En el espacio de las asignaturas “Ciencia y Teconología” y “Metodología de la Investigación”, los estudiantes trabajaron junto con el Prof. Sebastián Ruarte para cosolidar un marco teórico que sirva de fundamento para sus avances. En la presente ocasión, y en el marco del Día Mundial del Medio Ambiente, acercamos un trabajo realizado por toda la división, donde se vuelca parte del mencionado marco teórico.

La huella del hombre en la Tierra

El 5 de junio de 2022 vuelve a conmemorarse el Día Mundial del Medio Ambiente, este año bajo el lema “Una sola Tierra”. En efecto -y por más que esté circulando el discurso de que se puede “terraformar” Marte- nuestro planeta es un sistema cerrado (es decir que intercambia energía, pero no materia con su entorno) único, por lo que todo aquello que los seres vivos realizamos en él tiene inevitablemente efectos planetarios. Sin embargo, de entre las especies que aquí habitamos, somos las y los seres humanos quienes ocasionamos los mayores impactos ambientales, y por ello esta conmemoración espera también llamarnos a la reflexión sobre lo que generamos con nuestra presencia en la Tierra.

Ahora bien, ¿es justo pensar que todas las sociedades impactan de la misma forma? Los actuales discursos sobre el Ambiente surgidos desde los países industrializados e instituciones internacionales como la ONU nos hacen pensar que sí, asumiendo por ejemplo, que el calentamiento global -es decir, el incremento de los gases de efecto invernadero en la atmósfera- es un problema sobre el que toda la humanidad tiene igual responsabilidad. Esta mirada globalizante tiene a nuestro entender dos efectos, por un lado, busca ocultar que la crisis ambiental es resultado de la civilización moderna contemporánea, pues la misma está marcada en el paradigma de la Modernidad a partir de un modelo dominante de crecimiento incontrolado, al que paradójicamente llamamos progreso. Los recursos naturales han sido explotados y aprovechados por las y los seres humanos desde tiempos inmemorables para satisfacer demandas sociales tales como alimentación, salud, refugios, etc. No obstante, a partir de la Modernidad esta mirada sobre el uso de la naturaleza para satisfacer necesidades cambió y se elevó exponencialmente su uso, no ya para cubrir necesidades, sino para producir y consumir en el mercado capitalista. Paralelamente, se nos enseña en las escuelas que los recursos se dividen en renovables y no renovables, pero no se enseña que si se los explota de manera extrema como sucede ahora, recursos “renovables” como el agua, el aire y el suelo se tornan todo lo contrario, pues los tiempos del consumo humano no respetan nunca los tiempos geológicos necesarios para que el planeta recicle naturalmente estos elementos esenciales para la vida.

El modelo anteriormente nombrado se basa entonces en la destrucción ilimitada de la naturaleza -lo que autores como Escobar y Gudynas llaman extractivismo– para producir gran cantidad de productos destinados al consumo masivo, por lo que pensar en el cuidado del ambiente dentro de este modelo consumista se vuelve algo imposible; ya que la producción dentro del sistema capitalista considera solo el “beneficio” económico, sin tener en cuenta la capacidad del ecosistema planetario para reproducir las materias primas que se extraen. Así, siempre se debe producir más, crear más demanda entre los consumidores, vender más y los objetos ser lo menos durables posible, para que tengan que ser repuestos generando más extracción y, sobre todo, más desechos y contaminación.

Por lo tanto, es necesario decir que el sistema capitalista es enemigo del ambiente, pues normaliza con sus discursos y en gran parte de la sociedad que los recursos naturales son infinitos o renovables por la naturaleza, produciéndose el segundo efecto de la mirada ambiental globalizante que es el invisibilizar las profundas problemáticas ambientales locales y regionales que el modelo extractivista sobre los recursos naturales generó y genera en espacios como Latinoamérica. Para analizar esta cuestión debemos remontarnos al siglo XVI y dar cuenta de la identidad que la Modernidad -mediante la conquista y el colonialismo- impuso a los latinoamericanos y a los recursos que aquí encontraron. En efecto, los conquistadores europeos impusieron su dominación y marcaron su “superioridad” mediante la construcción de las razas y el racismo a partir de diferencias étnicas -como el color de la piel- creando así un nuevo patrón de poder mundial que les posibilitó someter y explotar, primero a las poblaciones originarias de América, y luego a las africanas traídas a estos territorios mediante la esclavitud, para extraer recursos naturales y llevarlos a sus metrópolis.

Más de 500 años después nada ha cambiado, y hoy lo vemos claramente reflejado en el neoextractivismo que ocurre en Latinoamérica, el que -según Svampa- es la sobreexplotación de recursos naturales de nuestra región mediante métodos productivos a gran escala como, por ejemplo, la mega minería a cielo abierto en la Cordillera de los Andes -que utiliza miles de litros de agua mezclándola con cianuro para extraer oro- la expansión de las fronteras agrícolas hacia territorios antes considerados como improductivos y hoy cultivables a partir de la agricultura científica -que incluye el uso de un potente agroquímico como el glifosato, considerado peligroso y prohibido en muchos países por su toxicidad pero que aquí tiene uso liberado- y el fracking petrolero, que rompe las rocas en profundidad contaminando acuíferos con hidrocarburos. Estas actividades de alto impacto ambiental que irrumpen en los territorios latinoamericanos no solo tienen efectos sobre la biodiversidad al producir alteraciones como el desmonte masivo -también relacionado con el calentamiento global, por la eliminación de bosques necesarios para la renovación del aire- y la contaminación de aguas superficiales, acuíferos y suelos; sino también sociales al desestructurar economías regionales y profundizar procesos de concentración de tierras, generando éxodos y despoblación por la pérdida de formas de vida no capitalistas, ambientalmente sustentables y ancestrales, como ocurre con muchas poblaciones originarias americanas.

A la continuidad de estas situaciones Anibal Quijano las expondrá como colononidad -es decir, la permanencia de las prácticas coloniales impuestas durante la conquista y colonización de América aun después del fin del colonialismo- por la cual los países industrializados siguen considerándose “superiores” a los de espacios periféricos del capitalismo como nuestra región, lo que implica que en el contexto global solo seamos considerados como productores de materias primas y desde ahí, que estemos en un permanente estado de dependencia económica que permite a grandes empresas trasnacionales situarse en los países latinoamericanos y realizar prácticas productivas que no podrían hacer en sus países de origen; pero que aquí sí llevan a cabo amparadas en la modificación o eliminación de las regulaciones ambientales que los distintos gobiernos promueven buscando “captar sus inversiones”, pero que además benefician las ganancias económicas, todo a costa de nuestro ambiente y nuestra salud. Una muestra de esto es que -aunque se aprobó a mediados del año pasado- aún no se aplica la Ley para la Implementación de la Educación Ambiental Integral en la República Argentina, la que permitiría que los y las estudiantes de todos los niveles educativos accedan a información y formación crítica y situada para el cuidado del ambiental y -justamente por ello- es muy resistida desde diferentes espacios de poder que ven en ella un peligro para sus intereses.

Y todo eso debe ser cada día, porque la situación no permite más distraccione.

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